En el camino a la Libertad

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El Principito y Nuestro Planeta

Vivimos en un planeta muy grande, del que formamos una pequeña parte. Tendemos a pensar que dominamos nuestro planeta, aunque la humanidad a penas ocupamos un trocito del océano Pacífico. Si nos distribuimos mejor, tendremos mayores posibilidades de sobrevivir como especie.

Por fortuna estamos tomando conciencia de que existen otras especies cuya supervivencia afecta directamente al ecosistema en el que vivimos. En nuestro planeta hay seres mucho más poderosos que nosotros. Especies insignificantes como los insectos o las serpientes, aparentemente más débiles, pueden causarnos la muerte en un momento oportuno.

Desde La Tierra se ven muchas estrellas, desde las cuales podríamos vernos a nosotros mismos, si nos detuviésemos a mirar. Reflexionando todo cuanto tenemos a nuestro alcance, nos damos cuenta de que no estamos solos y aún así la soledad aborda a nuestra especie día tras día. Es un planeta en el que uno se siente solo y no por su enorme desproporción en cuanto a sus habitantes.

Muchas personas entran y salen de nuestras vidas, pero pocas se quedan. Siempre vamos como el viento, pasando por lugares y gentes. Hacemos de nuestro mundo un lugar difícil, con unas condiciones de habitabilidad desagradables. Y cuando nos ponemos a hablar, sólo escuchamos nuestro propio eco.

Normalmente aceptamos lo que nos dicen y lo damos por válido, sin hacer nuestra propia observación al respecto. Siempre esperamos a que otro tome la iniciativa, hasta para iniciar una agradable conversación. Realmente vivimos en un planeta desierto.

El Principito y las personas importantes

Los oficios más absurdos suelen ser los más importantes, pues son los que más ayudan a otros. Además suelen estar vinculados a cosas que las personas no pueden disfrutar normalmente. Y quienes los desempeñan suelen ser personas auténticas, sin disfraces y sencillas de comprender.

Pero estos oficios están destinados a satisfacer a otros, por lo que estas personas terminan cansadas y aburridas. De nuevo no le damos importancia a aquello que nos hace únicos. En el trabajo diario es difícil disfrutar de las estrellas o de una gran mansión. En realidad quien vive en la mansión, quien la acomoda a su gusto, no es la señora de la casa, pues no tiene tiempo para ello. Quien disfruta conduciendo la magnífica limusina no es su dueño. El barrendero es testigo de cada amanecer y el maestro es quien más tiempo pasa con los hijos de otros. Estas son las cosas más importantes, no lo que poseas en un papel, sino en tu vida diaria.

Muchas veces, las personas que más conocimientos tienen del mundo, son quienes menos conocen su propio mundo. A menudo son personas que poco saben sobre sí mismos y lo que les rodea. Tienen amplios conocimientos sobre lo que otros les cuentan y si les parece “aceptable”, se quedan con esa “verdad”. A pesar de que saben qué es lo realmente importante en la vida, no lo aplican para sí mismos. Se convierten en observadores de datos, conocimientos de vital importancia para la humanidad.

El principito (parte II)

 

 El mundo de los niños tiene unas normas muy sencillas, distinguen claramente el bien del mal. Los adultos creemos hacerlo mejor, pero en nuestro mundo inventado hay muchos absurdos sin importancia. Por ejemplo, preguntas obvias, atar animales, juzgar la seriedad de una persona en función de su vestimenta, cuantificar todo con cifras, ir siempre “derecho”… Sin embargo no le damos importancia a hacer limpieza de conciencia cada día, a pensar si hemos sido buenos, si hemos visto una estrella una puesta de sol o una flor hermosa. Nos convertimos en hongos que no disfrutan de la vida, se alimentan de ella y le dan alimento. No pensamos en los sentimientos, ni sentimos nuestros pensamientos. Somos crueles con nosotros mismos y con otros.

 Tendemos a prejuzgar a los demás en función de lo que conocemos y los tratamos según nuestra conveniencia, sin conocerlos. Nos creemos con autoridad sobre todo lo que compone nuestra vida. Aunque siempre adaptamos nuestra autoridad según se den las circunstancias, así nunca nos equivocamos. De modo que tenemos el control de todo, juzgamos todo, excepto lo más importante: a uno mismo.

 Hasta las florecillas más bellas y desvalidas tienen espinas para defenderse. Todos tenemos medios de supervivencia físicos y mentales. Una flor también es capaz de amar y sentir amor, sólo hay que demostrarlo, sin prejuicios, de forma natural. Si de verdad amas a alguien, no lo guardes para ti, puede que ese alguien necesite saber que le amas, puede que te corresponda. A todos nos gusta ser amados.

 No permitas que los sentimientos de otros solapen tus propios sentimientos.

 

Renovarse o Morir

 Nuestras cosas, esas apreciadas cosas que tan poco nos aportan y tanta importancia tienen. ¿Por qué acumulas cosas que no sirven para nada y no dejan espacio a cosas nuevas? ¿Y si de pronto empezasen a aportar algo?

 Nos re-encontramos con nuestras cosas y las cogemos, a veces las miramos y recordamos aquel momento. Lo mismo con los regalos que no nos gustan y no despreciamos para no ofender. Igual con aquello que compramos para sustituir eso otro que deseábamos y no alcanzamos a adquirir. Esas cosas en definitiva no nos aportan nada y si lo hacen, es insatisfacción. ¿Por qué guardarlas entonces? No las necesitamos en nuestras vidas, es más nos están ocupando espacio que sí necesitamos. Se convierten en símbolos de las cargas que representan.

 Otras personas desean esas cosas que nosotros no necesitamos y no alcanzan a adquirirlas. Muchas personas recurren a tiendas de segunda mano para adquirir esas cosas que nosotros nunca usaremos. En estos lugares a su vez, hay cosas que deseamos y, al igual que nosotros, otras personas nunca usaron. Puede que no seamos los primeros en tenerlas, pero acaso eso hace mermar la belleza de aquello que tanto nos gusta. No. Puede que de ese modo sí podamos acceder a esas cosas que tanto nos gustan; además de quitarnos un peso de encima dejando lo que no nos gusta.

 En conclusión, no sirve de nada guardar cosas que no nos gustan, no nos valen o no aportan nada a nuestras vidas. Si no podemos adquirir algo nuevo porque no llegamos, quizá lo podamos adquirir de segunda mano y nos satisfará igual.

 Para que entren cosas nuevas, hay que deshacerse de lo viejo.

 Igual nos vale para los pensamientos, como para todo en la vida. Conviene darnos una oportunidad, abandonar feas costumbres y adoptar nuevas. Si todo cambia y nada permanece, nosotros también. Podemos dejar de sufrir por cosas absurdas y ser felices por otras nuevas. Renovarse o morir, dicen en la moda.

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