En el camino a la Libertad

Archivo para la Categoría "El Principito"

Reflexión Final El Principito

Hoy he llorado la muerte de El Principito, ese niño que todos llevamos dentro, que tanto me ha enseñado en estas páginas. Nada nuevo, supongo, sólo pararme a pensar sobre lo más evidente. Aquel que me ha hecho recordar que lo más importante es lo que no se puede ver. Lo verdaderamente importante.

Aún le oigo reír, en las tintineantes estrellas. Esto me consuela, como al aviador. Aún está vivo en su planeta, cuidando de su flor y su cordero. Aún le oigo reír. Me recuerdo a mí misma riendo, de niña, jugando con mis hermanos. Recuerdo esos momentos en los que me he vuelto a sentir así, siendo adulta. Me siento feliz al recordarlos y cada vez que suceden.

Cuidar del niño que llevas dentro no es actuar como un niño. Es buscar en tu interior esa pureza infantil y saber escuchar. Los niños lo saben todo, son los humanos más inteligentes del planeta. Es difícil. Cuanto más corrupta está tu mente, más cuesta encontrar y saber escuchar al niño.

En realidad nacemos enseñados, el niño es el adulto sin aditivos. El yo interior que se esconde porque tiene miedo. El que se siente solo y triste. El que se emociona y el que ríe. Aquel que tanto miedo nos da sacar a la luz delante de otras “personas grandes”.

El ejercicio es el mismo. Si te quedas tirado en el desierto de tu vida, cuando te sientas realmente solo y sin esperanza, El Principito aparecerá. Sólo tienes que escucharle y amarle, dejar a un lado lo que otros te contaron. Puedes salvarte a ti mismo de morir solo en el desierto.

Anuncios

El Principito y Nuestro Planeta

Vivimos en un planeta muy grande, del que formamos una pequeña parte. Tendemos a pensar que dominamos nuestro planeta, aunque la humanidad a penas ocupamos un trocito del océano Pacífico. Si nos distribuimos mejor, tendremos mayores posibilidades de sobrevivir como especie.

Por fortuna estamos tomando conciencia de que existen otras especies cuya supervivencia afecta directamente al ecosistema en el que vivimos. En nuestro planeta hay seres mucho más poderosos que nosotros. Especies insignificantes como los insectos o las serpientes, aparentemente más débiles, pueden causarnos la muerte en un momento oportuno.

Desde La Tierra se ven muchas estrellas, desde las cuales podríamos vernos a nosotros mismos, si nos detuviésemos a mirar. Reflexionando todo cuanto tenemos a nuestro alcance, nos damos cuenta de que no estamos solos y aún así la soledad aborda a nuestra especie día tras día. Es un planeta en el que uno se siente solo y no por su enorme desproporción en cuanto a sus habitantes.

Muchas personas entran y salen de nuestras vidas, pero pocas se quedan. Siempre vamos como el viento, pasando por lugares y gentes. Hacemos de nuestro mundo un lugar difícil, con unas condiciones de habitabilidad desagradables. Y cuando nos ponemos a hablar, sólo escuchamos nuestro propio eco.

Normalmente aceptamos lo que nos dicen y lo damos por válido, sin hacer nuestra propia observación al respecto. Siempre esperamos a que otro tome la iniciativa, hasta para iniciar una agradable conversación. Realmente vivimos en un planeta desierto.

El Principito y las personas importantes

Los oficios más absurdos suelen ser los más importantes, pues son los que más ayudan a otros. Además suelen estar vinculados a cosas que las personas no pueden disfrutar normalmente. Y quienes los desempeñan suelen ser personas auténticas, sin disfraces y sencillas de comprender.

Pero estos oficios están destinados a satisfacer a otros, por lo que estas personas terminan cansadas y aburridas. De nuevo no le damos importancia a aquello que nos hace únicos. En el trabajo diario es difícil disfrutar de las estrellas o de una gran mansión. En realidad quien vive en la mansión, quien la acomoda a su gusto, no es la señora de la casa, pues no tiene tiempo para ello. Quien disfruta conduciendo la magnífica limusina no es su dueño. El barrendero es testigo de cada amanecer y el maestro es quien más tiempo pasa con los hijos de otros. Estas son las cosas más importantes, no lo que poseas en un papel, sino en tu vida diaria.

Muchas veces, las personas que más conocimientos tienen del mundo, son quienes menos conocen su propio mundo. A menudo son personas que poco saben sobre sí mismos y lo que les rodea. Tienen amplios conocimientos sobre lo que otros les cuentan y si les parece “aceptable”, se quedan con esa “verdad”. A pesar de que saben qué es lo realmente importante en la vida, no lo aplican para sí mismos. Se convierten en observadores de datos, conocimientos de vital importancia para la humanidad.

El principito conoce otros planetas

Somos dueños de nuestra propia vida. Somos los únicos, los protagonistas y aún así necesitamos la aprobación de otros. Pero sólo para lo que nos interesa, para reforzar la imagen de uno mismo que queremos ofrecer a los demás. Eso no tiene valor alguno, pues lo más importante es la imagen que ofrecemos ante el espejo.

A veces nos encerramos en nuestro interior y nos empeñamos en representar a un personaje. Este personaje no nos gusta, pero nos metemos en un círculo del que no sabemos salir, pues nuestra mente está muy acomodada al personaje. No reconocemos el peligro que esto entraña, pero sí la vergüenza de ser actores en nuestra propia vida y por eso nos ocultamos tras esa máscara absurda e incomprensible.

En ocasiones, el personaje que inventamos para ser el actor principal de nuestra propia vida, se convierte en actor de otro escenario también inventado, la sociedad. Entonces le damos valor a cosas que no lo tienen y creemos serias y vitales. Poseemos trocitos de papel con cosas escritas en forma de dinero, escrituras de propiedad, incluso hoy en día las mismísimas estrellas del firmamento. Pero en realidad no es nada serio, sólo es un papel que tiene el valor que le queramos dar. Es como cuando somos pequeños y decimos que algo es nuestro porque hemos escrito nuestro nombre encima.

Nos metemos en un círculo del que no sabemos salir y no tenemos tiempo de pensar ni de atender otras cosas “menos importantes?”. Sin embargo, son esas cosas que dejamos desatendidas las cosas más importantes que nos sucederán en la vida. En nuestra propia vida, no en la sociedad.

El principito (parte II)

 

 El mundo de los niños tiene unas normas muy sencillas, distinguen claramente el bien del mal. Los adultos creemos hacerlo mejor, pero en nuestro mundo inventado hay muchos absurdos sin importancia. Por ejemplo, preguntas obvias, atar animales, juzgar la seriedad de una persona en función de su vestimenta, cuantificar todo con cifras, ir siempre “derecho”… Sin embargo no le damos importancia a hacer limpieza de conciencia cada día, a pensar si hemos sido buenos, si hemos visto una estrella una puesta de sol o una flor hermosa. Nos convertimos en hongos que no disfrutan de la vida, se alimentan de ella y le dan alimento. No pensamos en los sentimientos, ni sentimos nuestros pensamientos. Somos crueles con nosotros mismos y con otros.

 Tendemos a prejuzgar a los demás en función de lo que conocemos y los tratamos según nuestra conveniencia, sin conocerlos. Nos creemos con autoridad sobre todo lo que compone nuestra vida. Aunque siempre adaptamos nuestra autoridad según se den las circunstancias, así nunca nos equivocamos. De modo que tenemos el control de todo, juzgamos todo, excepto lo más importante: a uno mismo.

 Hasta las florecillas más bellas y desvalidas tienen espinas para defenderse. Todos tenemos medios de supervivencia físicos y mentales. Una flor también es capaz de amar y sentir amor, sólo hay que demostrarlo, sin prejuicios, de forma natural. Si de verdad amas a alguien, no lo guardes para ti, puede que ese alguien necesite saber que le amas, puede que te corresponda. A todos nos gusta ser amados.

 No permitas que los sentimientos de otros solapen tus propios sentimientos.

 

El Principito

La vida es tan simple como aparece ante nuestros ojos adultos, pero nuestra corrupta mente nos pide encontrar una explicación para todo. De niños todo lo vemos con claridad. En nuestro interior se hallan todas las respuestas, incluso la más importante. Hasta nuestra auténtica vocación, siempre queda ese anhelo infantil de llegar a ser aquello que soñaste. Las “personas grandes” te desvían de ese sueño, porque normalmente no es lo que más te conviene. Esto provoca que archives esa parte de ti mismo y te sientas sólo, incomprendido y frustrado por ello para siempre. Hasta que un día encuentras a alguien como tú, o hasta que te das cuenta que la opinión de “los mayores” no tiene porqué ser más válida que la tuya. Puedes realizar tu sueño infantil, puedes cambiar tu rumbo. Nunca es demasiado tarde, siempre estás a tiempo.

A veces “los mayores” no sólo te apartan de tu sueño, sino que te convencen del <<yo no soy bueno en esto>>. Una vez me contaron que a los elefantes se les educa desde pequeños atándoles a una estaca de la que no pueden escapar. Al principio, luchan contra ella y un buen día dejan de luchar, se convencen de que no pueden con ella. La misma estaca es a la que le atarán el resto de su vida. Aunque el elefante se haga grande y la estaca sea muy pequeña, no es consciente de la desproporción y sigue creyendo que no puede escapar de su atadura. Lo mismo nos pasa a nosotros. Si de pequeño te dicen que no sabes XXXX, dejas de hacer eso y no lo vuelves a hacer jamás. Siempre te queda eso de <<es que yo no sé XXXX>> y aunque seas mayor, te quedas atrapado en esa estaca. Más claro aún, cuando oyes a tus padres o tutores decir <<al niño no se le da bien XXXXXX>>, te convences y lo conviertes en tu estaca personal. Como el elefante, aunque hayas crecido, no ves la desproporción y no te crees capaz de poder con eso. Se quedará ahí de por vida, hasta que decidas cambiarlo.

Los niños se toman todo en serio, mucho más que los mayores, porque ellos saben qué es lo realmente importante en la vida. Cuida del niño que llevas dentro, escúchale, es seguramente quien mejor te conoce.

A %d blogueros les gusta esto: